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Unas palabras sobre el cine australiano que pasó

Tras años de desarrollo de un mercado interno, se tuvo la necesidad de romper las barreras nacionales para
lograr un redimensionamiento de la industria. Con fuerte respaldo de empresas privadas y entes públicos, el
cine australiano consiguió una inmediata repercusión internacional, combinando hábilmente la suerte de un film (el
gran éxito de “Te llamaré Caddie“) con muestras organizadas desde Australia para festivales internacionales
de cierto prestigio.
El resultado fue que en el plazo de tres años el cine australiano ya había recorrido todo el mundo y comenzaba
a difundir los nombres de realizadores importantes. El primero de ellos fue tal vez Peter Weir, que ya tení
a
una fama interna con films como “El plomero” o “Enigma en París”,
y que se impondría afuera con “Picnic
en las Rocas Colgantes” y especialmente “La última ola”. Pero también importó gente como Bruce Beresford
(”Asalto al camión blindado”, “Fiesta de fin de semana”, “Después de la emboscada”), el George Miller de
“Mad Max” o su homónimo de “Herencia de un valiente”, o la Gillian Armstrong de “Mi brillante carrera”.
No fue una ola pasajera la que se impulsó en ese momento,
sino una decisión que se trató de mantener con el
correr de los años. Sin embargo, los cambios en el mercado
internacional plantearían al cine australiano por lo
menos dos obstáculos. El primero de ellos fue la exportación
lisa y llana de sus talentos, absorbidos por la
industria norteamericana, que es donde trabajan hoy la
mayoría
de los realizadores australianos importantes de
entonces. Weir llegaría a Hollywood para hacer “Testigo
en peligro”, “La costa mosquito”, “Matrimonio por conveniencia”
o “La sociedad de los poetas muertos”, y lo mismo
ocurriría con el George Miller de “Las brujas de
Eastwick” o “Un milagro para Lorenzo”, o la Gillian
Armstrong de “Mujercitas”, mientras Bruce Beresford se
dedicaba a cosas como “Crímenes
del corazón”,
“Conduciendo a Miss Daisy” y hasta “Mi testigo preferido”,
y el otro Miller llegaba a Europa para hacer una
secuela de “La historia sin fin”. Y la lista de nombres
podría extenderse hasta gente como los fotógrafos Russell
Boyd o Don McAlpine, o intérpretes como Angela
Punch-MacGregor Mel Gibson (de hecho, este último nació
en los Estados Unidos, pero se haría famoso por sus
trabajos en Australia antes de regresar triunfalmente a
su país natal).
El segundo problema ha sido la difícil competitividad
planteada por la industria norteamericana, con su consecuencia
de una inevitable pérdida de la identidad (algo
que también ha podido ocurrir con la producción británica,
por ejemplo). De ahí el debilitamiento de la presencia
australiana en el mercado internacional durante la segunda
mitad de la década del ochenta y los noventa, aunque
éxitos aislados aunque irrepetibles (Cocodrilo Dundee)
pudieron generar algún sobresalto en las taquillas del ancho mundo.
Veremos si Baz Luhrmann puede devolver la frescura con su nuevo “Australia”

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